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QMT: La carrera de 110Km que no pude terminar

Dernière mise à jour : 11 mars 2022


Son como las 4 de la mañana. Cada roce con las sábanas hace que mis heridas ardan. No logro encontrar una posición en donde las ampollas de mi espalda, grandes como pelotas de golf, no manden señales de dolor y angustia a mi atormentado cerebro.

Cada movimiento que hago enciende el fuego del sufrimiento, gentileza de las rozaduras provocadas por la fricción de una carne sudorosa y una mochila con ajustes muy estrechos.


Enciendo la luz para irme a buscar un vaso de agua con la incrédula ilusión de que esta vez eso va a ayudarme a dormir. Al encender las luces veo las sábanas blancas de mi cama manchadas de un color rosado enfermo, mezcla de sangre y de pus. Me doy cuenta de que mi insomnio no es en vano. La carrera por montaña de 110 kilómetros que abandoné antes de llegar a meta había dejado huellas en mi piel y ahora también en mis sábanas.

Sin haber saciado mi sed, vuelvo a meterme dentro de las manchadas sábanas prometiéndome que esta vez sería diferente, que esta vez sí iba a poder dormirme, pero la sola caricia de éstas a mi flagelada piel sentencia que ésta es otra promesa que no voy a poder cumplir.


Esta historia tengo ganas de contarla al revés, empezando por el final. Cuando en la cima de una montaña en plena noche, después de 85 kilómetros de carrera, entregué mi dorsal del Québec Mega Trail a uno de los organizadores de la prueba por una lesión incapacitante. Ya iban como 16 horas de carrera.





Kilómetro 85:


Al llegar a la cima de la montaña me esperaba un avituallamiento bien armado: papitas fritas, caldo caliente, una imitación de coca cola que no tenía nada que envidiarle a la verdadera y demás porquerías típicas en este tipo de pruebas.

Del anterior avituallamiento había salido poco convencido dado que una lesión que me impedía correr desde hacía varios kilómetros desgarraba mi motivación. Más por inercia que por convicción decidí continuar y atacar la subida de 5 kilómetros que acumulaba 1000 metros de desnivel positivos para llegar al avituallamiento siguiente, desde donde todavía me faltarían 25 kilómetros más por entre medio de oscuridad y bosque para terminar la prueba. Todo eso sin poder correr. Me sentía como si mi propia piel no me sentara bien, no digamos ya la ropa. Hubiera deseado tener cerveza en mis cantimploras, pero solo tenía bebida isotónica.

Por suerte, a los pocos metros de emprender la subida, me encontré con otros 3 corredores, un chico alto de tupida barba negra y un chico y una chica que eran pareja, con los cuales compartí la subida, las luces de nuestras linternas frontales, la oscuridad y la fatiga.

Me aferré a ellos como quien se aferra a esa madera flotando en el medio del océano después de un naufragio. Sabía que si se alejaban los perdería para siempre, así que, haciendo caso omiso al dolor, me obligué a seguirles el ritmo. Gracias al poder de nuestras 4 linternas combinadas pudimos encontrar la salida de ese infernal laberinto ascendente. Uno de los chicos llevaba un frasco de mostaza en la mano, por lo cual no pude evitar preguntar si se trataba verdaderamente del aderezo amarillo. Cuando me confirmó que lo que había en el frasco era realmente eso alegó, que sin que estuviera comprobado científicamente, en la categoría de remedios de abuela del trailrunning, la mostaza impedía calambres. Ascendimos 1000 metros en 5 kilómetros de trayecto por un terreno repleto de raíces, rocas y silencio. El sonido de nuestros pasos que resonaban como metrónomos descompuestos contra el camino era lo único que acribillaba el mutismo de la noche. Una mezcla confusa entre cansancio y contingencia.

Al llegar a la cima, ocurrió algo que no había barajado entre las posibilidades. Estas tres personas en vez de parar en el avituallamiento, comer, beber, descansar y ponerse cantidades industriales de vaselina en la entrepierna, siguieron camino sin detenerse. Por lo que los vi alejarse como a esa ilusión a la que uno se aferra cuando ya no le queda nada más a que aferrarse. Hice la única cosa que uno puede hacer en momentos como estos…, pedirle a uno de los voluntarios de la carrera que me llenara otro vaso con coca cola.





Kilómetro 80


El kilómetro 80 de mi carrera de 110km coincidía con el fin de la prueba de 80km, por lo que, al pasar por ahí, vi el arco de llegada de su carrera que era también el arco de llegada de la mía 30 kilómetros y casi 2000 metros de desnivel positivos más tarde. El anunciador de la carrera gritaba eufórico, la gente con muecas de llanto y euforia al mismo tiempo se abrazaba con familiares y amigos, las cervezas artesanales eran abiertas por los que habían terminado la prueba y yo…, caminando con las piernas lo más abiertas posibles para aliviar un poco el dolor, pensando solamente en ponerme más vaselina.

Si el subir la montaña de noche fue difícil, el trayecto para llegar a la base de ésta fue brutal. Fuimos condenados a atravesar el averno llamado por los locales “Mestachibo”. No sé cuantos kilómetros de eso habremos atravesado. ¿10, 100, 1000? Fue interminable. Si uno no miraba bien donde ponía el pie, corría el riesgo de meter la pierna en un pozo y romperse la tibia o, si uno tenía mejor suerte, tropezar con alguna de las infinitas rocas o raíces, rodar hacia abajo del cañón, golpearse sucesivamente la cabeza hasta un hermoso y placentero final para terminar, flotando boca abajo, en el río lejos de la tortura del camino. No tuve tanta suerte, así que seguí avanzando. Cuando tenía que caminar, caminaba, cuando tenía que trepar, trepaba y cuando tenía que correr, caminaba también. Solo pude correr los últimos kilómetros, en los que algún astro hizo que mis rozaduras (que a este punto eran quemaduras) dolieran un poco menos. Pasé a varios corredores de la distancia de 80km, identificables por el color de su dorsal e iba con un aire bastante entero sinceramente. Había hecho muy bien mi preparación para esta carrera. Muscularmente iba muy bien, seguía comiendo, bebiendo y orinando (la señal de que todo va bien en el club de la ultra distancia), de hecho, un chico que hacía los 80km se sorprendió al verme tan “fresco” por el kilómetro 78. Pero cuando las lesiones llegan, la meta se aleja.


Avituallamientos 56 y 68


Dadas las circunstancias, llegar hasta el 68 no fue tan difícil. Había hecho el pleno de comida y descanso en el avituallamiento 56, donde una vez que hubiese comido todo lo que me entraba de papas hervidas, bolas de arroz y pan de bananas, comí un poco más. Para ese entonces tenía la entrepierna empapada, la cual empezaba a molestar más de lo que me gustase. 2 kilómetros después de haber dejado el avituallamiento del kilómetro 56 me dije que lo que hasta ahora era una molestia mayor, si no hacía nada, iba a convertirse en lesión. Así que aproveché el baño químico de un mirador de montaña para sacarme el calzoncillo y seguir la carrera solamente en shorts. Sobra decir que fue una pésima idea. Es verdad que después de haberme quitado los calzoncillos, pude correr a un buen ritmo, dado que mis rozaduras no hacían tanto mal. Los siguientes 5 kilómetros fueron los kilómetros más rápidos de toda la carrera. Hasta que unas nuevas rozaduras, peores a las anteriores, vinieron a sumarse a las que creía que eran historia del pasado.

El avituallamiento del kilómetro 68 fue un poco más escueto que el resto. Estábamos metidos en la profundidad del bosque, bastante alejados de todo. Había unos voluntarios bastantes gentiles, un bombero con su cuatriciclo que nunca supe muy bien cómo podría haber llegado ahí y unos chicos con la bandera de Suiza, o de la cruz roja…, o de ambas. Me acerqué a ellos para decirles lo más discretamente posible que tenía las pelotas en fuego amabilidad de la humedad, el calor y las rozaduras. Que me ardían como si me estuviesen metiendo ácido

Me ofrecieron un pote de vaselina para untarme, por lo que me escondí detrás del cuatriciclo del bombero y me embadurné lo mejor que pude, aunque el mal ya estaba hecho. También me dieron como una especie de curita gigante, la cual nunca logró pegarse gracias a los 5 kilos de vaselina que ya me había puesto. Tenía las pelotas tan irritadas que para este punto ya habían empezado a sangrar.






Avituallamiento del kilómetro 42:


Las energías estaban bien. Muscularmente iba bien. Las semanas antes y los meses antes a la carrera había respetado todos mis entrenamientos y éstos dieron sus frutos. Es verdad que hacía mucho calor, sentía mi camiseta pegada al pecho gentileza del agobiante calor y de la lluvia que nos acompañó durante varios kilómetros. Para llegar a este avituallamiento tuvimos que atravesar un frondoso bosque verde por un camino de lo más estrecho. La tierra mojada contrastaba hermosa con la paleta completa de verdes del camino. Éramos un grupo de cuatro corredores corriendo en tren, uno detrás del otro, por el estrecho camino. La carrera estaba en sus inicios y no creíamos en economizar energía. Éramos como adolescentes corriendo libres por el bosque, con zancadas precisas, sonriéndole a la luvia cayendo sobre nuestros rostros, eufóricos, salvajes, libres. Nos dejamos llevar y en este tipo de carreras, que se parecen más a una partida de ajedrez, no fue una gran estrategia.


Avituallamiento del kilómetro 28


Largué lento. Quizá demasiado lento. Cuando llegamos a la primera subida de “single track” perdí demasiado tiempo y demasiadas energías pasando a los corredores que parten rápido y después se dedican a caminar el resto de la prueba. El calor era brutal, mismo a esas horas de la madrugada en donde las linternas frontales seguían todavía encendidas. Mi camiseta se pegó a mi pecho, empapada de sudor, antes de la primera subida. Pero no importaba. La carrera recién comenzaba y la promesa de un día épico delante de mí hacía que avanzara zigzagueando personas y oscuridad. El primer avituallamiento llegó relativamente pronto. Siempre veo al primer avituallamiento como un punto de control. Veo si el tiempo que me tomó llegar a él está dentro de lo previsto, veo con que energías llegué a él, si algo de mi ropa o de mi material molesta, etc. Mis piernas estaban un poco más pesadas de lo esperado por “tan solo” 28 kilómetros, pero se lo concedí al calor y a la humedad.


Salida


La noche seguía oscura cuando llegamos a la largada de la carrera en autobuses escolares amarillos. Después de varios meses sin carreras gracias a la pandemia de Covid, el reencontrarse con gente que comparte la misma pasión que uno es toda una experiencia en sí. Verse reflejado en sus ojos, ver en ellos nuestros propios miedos, nuestras propias ansias, nuestra propia ilusión de llegar a la meta, nuestro deseo de aventura y nuestro deseo de superación. El sol se empezó a elevar en el horizonte, el cielo comenzó a teñirse de violeta, las estrellas, poco a poco, fueron dejando de brillar. La cuenta regresiva se quedó sin números y una canción épica resonó en los parlantes y en el alba. Una lágrima de felicidad rodó por mi mejilla y solo por este momento, todo esto valió la pena. La vida es una sucesión de momentos. Tratemos de que valgan la pena.



Podría alegar que el calor fue sofocante (la peor ola de calor de la que se tienen registros en Quebec), mi falta de sueño, mi viaje a último momento de Montreal a Charlevoix (salida de la carrera) en un auto alquilado que no tenía aire acondicionado, el tráfico infernal a las afueras de la ciudad de Quebec, yo con las ventanillas abiertas a 42º fumándome el humo de los caños de escape de 10.000 autos embotellados por el cierre de un puente estratégico, la deshidratación y el dolor de cabeza que eso me generó y una larga lista de etcéteras, pero prefiero ahondar sobre las cosas que si pude controlar. Mis duros, planificados y arduos entrenamientos los meses previos, mis salidas largas, mis trabajos de fuerza, mis entrenamientos antes y después del trabajo, a 30 grados bajo cero de noche, y a 30 grados arriba de cero cuando el calor era inhumano.

Todo eso corría a mi favor, así que prefiero no pensar en lo que salió mal, sino en lo que hice bien. Y de verdad creo que el solo hecho de pararse en la línea de salida de una carrera de 110 kilómetros, pasar todo un día haciendo lo que más me gusta hacer en la vida, en un lugar increíble por entre medio del bosque, vale la pena. Me gusta vivir aventuras y en las carreras de ultratrial encontré la bebida que sacia mi sed de ellas.

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