Correr 32km sobre un lago congelado, de noche, a 18º bajo cero.
- Ariel Vacherand
- 7 déc. 2020
- 10 min de lecture
Dernière mise à jour : 11 mars 2022
Sábado temprano, demasiado temprano. El despertador de mi teléfono empieza a sonar. Me toma unos pocos segundos acordarme donde estoy. Hasta hace poco, durmiendo cómodamente en el sótano de unos amigos en Levis, un barrio a las afueras de Québec. ¿Por qué estaba ahí? Y ahí un sentimiento de angustia, euforia y nervios se apodera de mí. Había llegado a Quebec como primera parada de un viaje que me llevaría al lago St Jean, un gigante, en invierno congelado, al que me proponía atravesar corriendo sobre su superficie helada cuando el sol empezara a caer, para terminar la carrera con una linterna frontal en medio de la gélida noche. Invadido por emociones contradictorias me levanto tratando de no hacer demasiado ruido, agarro mi mochila que descansaba sobre una silla y me dirijo a la cocina en donde el dueño de casa estaba desayunando con sus tres hijos. Un sorbo de café y un plato de avena con frutas más tarde, estaba saliendo para agarrar el ferri que me llevaría hasta la otra orilla de la ciudad, donde Oscar, un amigo, iba a estar esperándome con su auto para que recorriéramos juntos los 250 km que nos separaban del Lago Saint Jean.

Vista de la ciudad de Quebec desde el barco que atraviesa el río St Laurent
Luego de un viaje con un par de paradas para comprar cafés y vaciar nuestras vejigas, llegamos a eso de las 12 del mediodía a nuestro hotel en la ciudad de Roberval, un sitio bastante bonito que tenía pileta e ¡hidromasajes! Mi carrera empezaba a las 16h de ese mismo día, pero el transporte que me llevaría al punto de partida, un autobús escolar de color amarillo, salía a las 14h. Haciendo mi segundo chequeo del material obligatorio para la carrera me doy cuenta de que me había olvidado el maldito silbato de supervivencia. Salí del hotel en búsqueda de mi olvidado objeto pensando que iba a ser una cuestión de segundos encontrar mi silbato para súbitamente ir a comer algo antes del horario de partida del autobús. Después de un primer negocio donde claramente no lo encontré, intenté tener mejor suerte en un segundo comercio y en un tercero. No fue hasta la cuarta tienda que conseguí mi objeto faltante, habiendo permitido a las incesantes agujas de los relojes seguir su recorrido infatigable para posicionarse a tan solo una hora antes de la salida del autobús. Siguiente cuestión: alimentación. Pensé que encontrar algo para comer debería ser más fácil… error. Lo único que encontraba por donde fuera eran negocios de comida rápida, donde las frituras y las gaseosas eran los platos exclusivos. El tiempo siguió pasado y los restaurantes de fritanga con él, y a menos de treinta minutos de la salida del autobús encontré una especie de café donde parecía haber platos de verdad. A paso rápido y firme me dirigí a la barra del café a pedir un plato con, idealmente, un poco de hidratos de carbono que cumbieran mis necesidades energéticas. Tic tac, tic tac… Cuando la persona del otro lado del mostrador por fin terminó de cobrarle a otro cliente, me trajo el menú para luego ir a ocuparse de otras mesas. Elegí un plato a una velocidad de decisión récord y sin que el mesero hubiese siquiera terminado de tomar la comanda de sus nuevos comensales ya estaba listos para ordenar. E mi elección de plato con una verborragia inusitada. Luego de parpadear varias veces, el camarero me anunció, muy a su pesar, que mi elección de plato solo se servía los días de semana y, dado que era sábado, solo había, como no podía ser de otra manera, fritanga. Enojado, con cara de pocos amigos y con una prisa flagrante, salí del café pensando que ya no habría tiempo de comer antes de la carrera, por lo que fui para el sitio de la partida del autobús. Cuando llegué ya había personas subiendo, lo que no ayudó a mermar mi estrés. Una vez finalizad la inspección por parte de la organización de los materiales obligatorios, me di cuenta de que era una maldita locura intentar flanquear al gigante de hielo con el plato de avena con frutas que había tomado como desayuno hacía casi 8 horas antes. Me dirigí a un puestito de comida rápida que era más bien un food truck y me pedí, como no podía ser de otra forma, un club sándwich (un sándwich de pollo con panceta y mayonesa, repleto de papas fritas bien grasosas alrededor, empaquetado en una caja de Telgopor). Fui uno de los últimos corredores en abordar el autobús luego del abrazo de despedida de mi colega que él iniciaría la distancia de 10 km en esa misma ciudad. Al subir vi que todos los otros corredores estaban super bien equipados, con sus ropas último modelo, abrigadas pero transpirables, ligeras e impermeables, que dejaban escapar el exceso de calor… y yo, todavía vestido en jeans y en botas de invierno, con mi mochila colgada en un solo hombro y mi caja de telgopor aromatizando al autobús con olor a papas fritas, mientras todos los otros comían frutas y barritas energéticas de astronauta. Nunca me voy a olvidar la cara que pusieron los que estaban sentados adelante mío cuando se giraron intentando entender de dónde venía esa peste a fritanga tan cerca de ellos. Y yo, con mi mejor cara de póker, me hice el desentendido, mientras devoraba, bocado tras bocado, mi pre workout.

Club Sandwich con papas fritas. Lo que comí media hora antes de la largada.
No tardé mucho en terminar mi ¿plato? y el autobús llegó a destino antes de lo que me hubiese gustado, privándome de mi derecho fundamental a digerir las 2000 calorías que me acababa de comer. Al bajar del autobús, pude vislumbrar el esplendor y la magnitud del lago. El sol estaba brillando todavía en el cielo, ninguna nube entorpecía el azul del cielo y el blanco impoluto de la nieve y el hielo terminaban de contrastar en una atmósfera más parecida para mí a Plutón que al planeta tierra. Mientras que mi panza, a cada paso que daba, generaba un eructo gentileza de mi almuerzo.
Nos enviaron a una cabaña donde pudimos cambiarnos y ahí ya empecé a sentirme un poco más corredor, o por lo menos desde mi punto de ver las cosas. Me puse unas calzas compradas en rebajas en una tienda genérica, mi camiseta técnica manga largas, un polar de dudosa calidad, unos guantes comprados en una tienda de todo por un dólar y, lo mejor de todo, mis zapatillas de running de verano para correr sobre asfalto, bastantes gastadas por cierto… sin que sean goretex o impermeables o nada. Ya hablando con gente en el autobús había quienes iban a correr la carrera con raquetas de nieve y al dar el primer paso con mis asics en el hielo del lago y haberme enterrado hasta la rodilla, pensé que era una buena idea lo de las raquetas. El día estaba estupendo, no hacía mucho frío, solo unos 14 bajo cero. El sol brillaba en el horizonte y su resplandor quedó tatuado en mis pupilas hasta el día de hoy. Si algo recuerdo patente de esa carrera es justamente ese momento. Cielo impoluto azul sobre mi cabeza, el blanco, también impoluto bajo mis pies. Y en el horizonte…, nada…

A la señal de salida yo me encontraba, no sé por qué, bastante adelante. Por lo que empecé corriendo como si el mismísimo demonio estuviese persiguiéndome. Cuando empecé a sentir que mis pulmones querían salir de mi pecho y las papas fritas de mi boca, supuse que sería una grandiosa idea bajar un poco la intensidad y dejar que algunos corredores me pasaran. A cada paso que daba sobre la superficie congelada, mis pies se enterraban. La nieve que había estado cayendo todo el invierno, mismo si la habían aplastado un poco los días previos a la carrera, hicieron que correr con raquetas fuera una verdadera proeza, y correr con zapatillas de verano hizo que fuera una maldita locura.
El primer avituallamiento, a los 6km, llegó relativamente rápido y entre eructo y eructo fui encontrando mi ritmo de crucero. Del kilómetro 6 en adelante me empecé a sentir verdaderamente bien y de hecho empecé a pasar bastantes corredores, robándoles su energía vital y volviéndomela propia. El clímax del trayecto entre el primer y segundo avituallamiento fue cuando pasé al portavoz de la organización, un barbudo super cool que se había pasado todo el mes subiendo cápsulas de videos en youtube y en el faceboock de la organización de cómo preparar la prueba. ¡Comé polvo, o hielo, maldito hippie barbudo cool de melena más frondosa que la mía!
Las rectas infinitas se sucedieron durante varias horas y todo fue pasando lo bien que se puede esperar dadas las circunstancias, (quiero decir, estando corriendo sobre un lago congelado en el norte canadiense a unos 14 grados bajo cero). Cuando de pronto empezó a oscurecer.
Luego de haber visto lo que sin temor a equivocarme fue el mejor atardecer de toda mi vida, el manto negro de la noche se posó sobre nuestras almas. Las lámparas frontales se prendieron, intentando espantar, sin mucho éxito, un poco de la oscuridad de la gélida noche. Mirase donde mirase, no venía absolutamente nada…, o, mejor dicho, veía absolutamente todo.
Pocas experiencias podrían compararse a correr sobre un lago congelado durante la noche. Y como los buenos de la prueba, los que llevaban raquetas, me habían sacado más de media hora, pero a los que iban detrás de mí yo les había sacado también una media hora, estaba corriendo completamente solo… Guau…
Me encontré corriendo solo por entre medio del hielo, del frío y de la noche, hasta que una fogata, salida de no sé dónde, apareció en medio de la noche, ardiendo directamente sobre el hielo, iluminando el camino a seguir. El naranja y el blanco se llevan muy bien. Muy tentado estuve en detenerme y absorber un poco de su calor, pero tenía que seguir en movimiento. En este tipo de carreras, la línea entre abandonar y seguir suele ser muy estrecha.
En la largada nos habían dicho que iba a haber motos de nieve que íbamos a ver de tanto en tanto paseándose por el camino, que eran parte de la organización y que, si en algún momento queríamos abandonar, solo teníamos que abrir los brazos en forma de cruz y ellos nos iban a “rescatar”. Que tentado estuve de abandonar, de abrir los brazos y terminar con semejante locura, pero el último avituallamiento estaba cerca, y para cuando llegué a éste, cerca del kilómetro 28, los eructos habían disminuido, por lo que mi cabeza estaba diciendo: “no pidas coca cola, no pidas coca cola”, pero cuando el gentil y abrigado cual esquimal voluntario me preguntó lo que quería beber, mi boca tomó el control de la situación y respondió abruptamente: Coca Cola!!!
Uno de los voluntarios me dijo que estaba en el top 10 de la carrera, que solo tenía delante de mí a corredores que llevaban raquetas pero, así y todo, nunca tuve tantas ganas de abandonar una carrera. Es ahí donde radica el temple del corredor de fondo y de ultrafondo. Todos tus músculos te piden parar, pero tu cabeza se obstina en seguir. Así que, haciéndole caso omiso a mis músculos, decidí seguir un par de kilómetros más.
Cada paso era una agonía, me enterraba en la nieve hasta la altura de las rodillas. Mis piernas ardían. Un dolor insoportable las atravesaba a cada zancada. Luego de omitir durante varias horas la fatiga y viendo que hacia atrás ninguna lucecita venía a robarme mi puesto de top 10, me senté en el medio del hielo y de la soledad, en el medio del majestuoso lago y me quedé ahí un par de minutos con las piernas estiradas, intentando relajar sin éxito mis isquiotibiales e intentando, también sin éxito, hacer que el dolor disminuyera un poco. Solo agradezco que en ese momento no haya pasado ninguna moto de nieve dado que, si tan solo estaba a 4km del final, mi cabeza llegó a su muro. No veía nada claro. De hecho, no veía nada en absoluto. Solo el haz de luz que emanaba mi lámpara frontal. Eso durante kilómetros y kilómetros y kilómetros. Y ahí estaba yo. Sentado sobre el hilo, con las piernas extendidas delante de mí, mirando el cielo y dándome cuenta de lo pequeño que era. Hasta que de pronto lo vi, el haz de luz de la lámpara frontal de otro corredor que se aproximaba incesantemente. Me puse de pie casi instintivamente y me puse a correr con el sentimiento de ser perseguido por una horda de cazadores furtivos intentando darme caza. Zancada tras zancada, paso tras paso, puede sentir los latidos de mi corazón en la vena de mi frente. Pude sentir la transpiración adherida a mi cortaviento, el frío en mis orejas, el sonido de mis pasos…, lo que ya no pude sentir fueron mis pies y mis manos. Unos fuegos artificiales estallaron a lo lejos, anunciando la llegada del primer corredor de la prueba, quien me había sacado una ventaja más que considerable. Su luz en la mitad de la noche fue un buen golpe anímico. Continué corriendo hasta que no pude más…, y después, corrí un poco más.
En el último kilómetro, que era por la costa del lago en una ciudad de hielo, ya no había nieve bajo mis pies, sino hielo sólido de fácil correr, lo hice en menos de 4 minutos, dejándolo todo. Cuando crucé la línea de meta vi que había algunos locos aplaudiendo en el medio del frío y de la noche. No obstante, la locura es tan relativa…
Con una sonrisa que me daba dos vueltas a la cabeza me dirigí a una carpa “caliente” donde la típica comida, con la típica cerveza en este tipo de eventos me estaban esperando. Ni bien llegué, no puede hacer más que apoyarme sobre mis rodillas, intentando aliviar un poco el dolor de mis músculos, y mirá como son las cosa, que no había elegido mejor lugar para hacerlo que a medio metro de mi compañero Oscar, que ya hacía mucho tiempo que había finalizado su carrera de 10km, habiendo terminado él en 3ra posición. Me dice: “¿Ariel?” y yo, todavía respirando como pez fuera del agua, intento articular algunas palabras sin mucho éxito.
Me acompañó hasta donde estaban mis pertenencias, identificadas en una bolsa donde había preparado ropa ceca de recambio. Me saqué mi rompeviento, me saqué mi remera técnica quedándome en cuero e intenté ponerme otra remera técnica…, pero no pude… Mis guantes de todo por un dólar no me habían protegido lo suficiente contra el frío y era incapaz de cerrar las manos para hacerlas pasar por las mangas de mi nueva remera. Por lo que me quedé en cuero, en una pieza sin calefacción, tiritando con las manos en los sobacos, hasta que treinta minutos más tarde conseguí cerrar lo suficiente mis manos.
Devoré mi comida y tragué a toda prisa mi cerveza. Para repetir el mismo ritual dos veces.
Poco a poco la adrenalina fue bajando. Y cuando nos sentimos listos, volvimos a nuestro hotel que estaba a 5 minutos en auto. Condujimos lento, sin prisas. En medio de una ciudad dormida. Algunas luces podían verse en el interior de las casas, donde los cuerdos disfrutaban del calor de sus hogares y de la comodidad de sus sillones. Una vez en el hotel fuimos sin perder tiempo a la piscina climatizada de hidromasajes, que estaban abiertas para los corredores, mismo si sobrepasábamos el horario habitual de apertura. La presión del agua caliente fue una caricia para mi castigado cuerpo todavía sin sensibilidad en las manos. Y ahí nos quedamos, flotando. Sin tiempo. Y cuando no hay tiempo no hay prisas. Con el sentimiento de haber completado una proeza. De haber finalizado una aventura que recordaremos por el resto de nuestros días. Con la certeza de haber vivido, de haber corrido, de haber respirado y de haber sido, por una noche, un gigante de hielo.



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